Vacaciones Eternas
|
Prólogo Hay veranos que no terminan nunca, no porque el calendario se detenga, sino porque algo en el espíritu queda suspendido en ellos, como un insecto en ámbar. Vacaciones eternas nace de ese estado: el instante en que la adolescencia, enfrentada por primera vez a la decepción, al deseo y a la muerte, descubre que el mundo no es el refugio que prometía ser. Javier no es solamente un muchacho: es una sensibilidad en formación, una conciencia que se repliega ante la vulgaridad de lo real y busca, casi instintivamente, su patria en las sombras, en las estatuas, en los símbolos. Su drama es silencioso, doméstico, y por eso mismo más profundo. Mientras el verano avanza, él aprende que toda idealización lleva en sí el germen de su ruina. Esta obra conserva, deliberadamente, la respiración de su tiempo: un mundo previo a la saturación digital, donde el tedio era todavía un territorio fértil y el misterio no había sido completamente desalojado. Si hay algo eterno en estas vacaciones, no es la juventud, sino su herida. Que el lector entre, entonces, como quien cruza el umbral de una casa cerrada durante años: el aire es el mismo, pero quien respira ya no lo es. |
![]() |
|